23 agosto, 2011

RUTA

El camina. Al paso se acomoda la corbata, mira el reloj, piensa en que habrá de cenar.
Pero camina. No para. No merece la pena parar por nimiedades de la cotidianeidad.
El corre. Todo debajo de sus pies aumenta la velocidad y hay que mantenerse acorde con el entorno.
Entonces corre hasta que las gotas de sudor le empapan el cuello de la camisa. No importa.
Porque ALLÁ ADELANTE es la meta. No sabe muy bien que hay, ni siquiera distingue la sombra de lo que se esconde allá adelante. Pero no importa, porque al girar la cabeza ve que todos corren para el mismo lado. Entonces no pregunta y corre. Por el lado le pasan los cuerpos de algunos que corren igual que él y los cuerpos de algunos otros que vencidos se dejan caer. Casi ni los ve. Son como esa mezcla de colores difusos que se ve desde la ventanilla del tren. Y en la carrera esquiva sopapos y recibe otros; esquiva balazos y recibe otros; esquiva abrazos y no se acuerda si recibió unos nuevos porque el frenesí de la corrida ha anestesiado su cuerpo de tal manera que su piel se ha hecho inerte a los estímulos del exterior. Justamente por eso camina y corre. En algún lugar de su psique se ha instalado la idea de que allá adelante la apatía le dará paso a todas esas otras sensaciones que hoy por hoy duda si tuvo o soñó. Y no se permite dudarlo. Dudar de la plenitud de allá adelante implica parar hasta incluso de caminar. PARAR. PENSAR. Si no hay nada allá adelante, ENTONCES QUÉ?