29 noviembre, 2011

Lluvia

El sopor de una tarde interminable se interrume de repente.
Llueve.
Hermosa sorpresa.
Llueve con gotones grandes, pesados, inevitables.
Y yo le escapo a la protección del alero. Cierro los ojos. Respiro hondo. Sonrío.
Los OTROS me pasan corriendo. Escapan. Fruncen el ceño sin darse cuenta que huír es ...
Huir es un desperdicio.

Me paro en la esquina y hasta casi me imagino las miradas desconcertadas de los que me ven.
Y hasta casi q me imagino algun brazo que reprime sus ganas de tironearme de vuelta bajo el alero. Y hasta casi q leo los pensamientos de aquellos que cuestionan mi sanidad mental.

Cierro los ojos. Respiro hondo el perfume de Noviembre potenciado por la tormenta. Sonrío.
Siento como el agua me recorre. La ropa se hace segunda piel y se pega al cuerpo como si no existiera.
El pelo se pega a la cara y adivino que lo que hasta hace minutos era un pulido maquillaje vetea mis mejillas de negro. Sigo el recorrido de una gota por la nuca que se zigzaguea y se pierde.También me pierdo.

Me acuerdo de ELLAS y nos veo adolescentes, empapadas bajo la lluvia de Caballito, riéndonos.
Pienso en EL, y lo veo mirando las gotas que recorren la ventanilla del tren, sonriéndoles.
Y no se muy bien por que, pero me acuerdo de ELLA. Y yo sonrío también. Mas.

La tormenta amaina y es hora de volver. Abrir los ojos y mirar alrededor.
Lo que queda son los resabios de minutos de caos. Y libertad.